En Lucas 9:57, el Señor va camino a Jerusalén para sufrir y morir. Mientras Él va por “el camino” hacia ese destino, un hombre se le acerca y le dice al Señor que lo seguirá adondequiera que vaya.
Podemos concluir con bastante claridad que este hombre es un creyente. Cree que Jesús es el Cristo y ahora quiere seguirlo en discipulado. Como la mayoría de los lectores de este blog saben, hay una diferencia entre ser creyente y ser discípulo. Este hombre se acerca al Señor diciendo que quiere seguir los pasos de Cristo y aprender de Él. Está dispuesto a pagar ese precio. Un discípulo será recompensado por su Maestro.
Pero ¿qué pensaba este hombre que implicaba seguir al Señor? ¿Qué pensaba que le costaría? Sabía que Jesús era el Cristo y veía que iba camino a Jerusalén. Parece que pensaba que Jesús iba allí para reinar. Los doce discípulos más cercanos al Señor pensaban de esa manera. No entendían que Él iba a Jerusalén para sufrir y morir. Es probable que ellos hubieran expresado sus sentimientos a otros, como a este hombre.
Creo que este hombre quería participar en lo que estaba ocurriendo. Los discípulos discutían entre sí sobre cuán grandes serían cuando Jesús comenzara su reinado, lo cual pensaban que ocurriría muy pronto (Lucas 9:46). Este hombre sabía que no estaba en el círculo íntimo del Rey, pero quería estar en su gabinete.
Su frase, “adondequiera que vayas”, debe entenderse a la luz de eso. Estaba contento de ir a donde al Señor le pareciera bien. Cuando llegaran a Jerusalén, no estaría a la derecha ni a la izquierda del Rey. No sería su jefe de gabinete. Pero podría ocupar otro puesto de autoridad. Si el Señor quería que fuera alcalde de Belén, eso estaba bien. Incluso estaría dispuesto a ser alcalde de una ciudad del norte, en Galilea. El reino de Cristo sería mundial. Este hombre aceptaría ser embajador del Rey ante una nación gentil. Era flexible. “Adondequiera” que el Señor fuera, con él siguiéndolo, sería aceptable para él.
El punto básico es que este hombre pensaba, al igual que los Doce, que el reino llegaría de inmediato. Pensaba que, como discípulo, su futuro cercano implicaba una vida de poder y honor. No importaba dónde estuviera ubicado ese puesto honorable.
No entendía. Jesús le señala que Él no tenía “dónde recostar su cabeza”. El Señor no se dirigía a un palacio. No iba a Jerusalén ni a recorrer Israel para repartir palacios a sus discípulos.
En los versículos anteriores, Lucas describe cómo el Señor no tenía dónde recostar la cabeza. Había entrado en una ciudad de Samaria y buscaba un lugar para dormir. La gente lo expulsó de su ciudad (Lucas 9:51-56).
Este hombre pensaba que iba a una preciosa casa, con una cama grande y suave. Eso era lo que él pensaba que significaba ser discípulo. El Señor aclara las cosas. Seguirlo en discipulado no traerá el aplauso del mundo. Traerá oposición y la falta de ciertas comodidades.
A veces las personas creen en Cristo y son mal guiadas. Se les dice que ahora que son hijos de Dios, la vida mejorará. Encontrarán un mejor trabajo. Encontrarán un cónyuge perfecto. Su matrimonio mejorará. Si los creyentes son fieles, Dios los bendecirá de esa manera.
Eso es lo que este hombre pensaba. Estaba equivocado. Si sigues a Cristo, puede que encuentres un gran trabajo y una gran esposa o esposo. Puede que no. Pero lo que sí encontrarás es esto: el mundo no aprobará tu vida. El Señor recompensará a sus discípulos cuando regrese y reine.
En esta vida, los discípulos pueden esperar dificultades. Eso es lo que el Señor le dijo a este hombre. Eso es lo que nos dice a nosotros. Sus palabras me recuerdan la vieja canción country: “Nunca te prometí un jardín de rosas”.
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Ken Yates (Maestría en Teología, Doctorado, Seminario Teológico de Dallas) es editor de Journal of the Grace Evangelical Society. Es orador internacional y de la costa este estadounidense de GES. Su libro más reciente es Hebrews: Partners With Christ [Hebreos: Copartícipes de Cristo].


