En el Evangelio de Lucas, el Señor presenta la parábola del buen samaritanoi (Lucas 10:30–37). En esa historia, un hombre yace medio muerto al lado del camino. Él representa al intérprete de la ley incrédulo con quien Jesús está hablando (versículo 25). El hombre necesita ser salvo. Necesita vida eterna. Está indefenso en el camino. No puede ayudarse a sí mismo.
La Ley no puede salvarlo. El sacerdote y el levita pasan de largo, sin poder librarlo de la muerte. Pero entonces viene el Salvador. En la parábola, el Señor es presentado como el buen samaritano. Él muestra compasión por el hombre, su enemigo, y lo salva de la muerte. Atiende sus heridas, lo lleva a un lugar seguro y paga el costo de su recuperación. Es una hermosa descripción del amor del Salvador por nosotros, aun cuando todavía éramos sus enemigos (Romanos 5:8).
Pero la parábola no termina ahí. A la mañana siguiente, el samaritano habló con el mesonero antes de partir. En el versículo 35, le dice al mesonero que cuide del hombre y que, cuando Él regrese, el mesonero será recompensado.
El samaritano se va. Él partiría. Aquí vemos un cuadro profético de la ascensión del Señor. Antes de irse, nos encomendó la tarea de cuidar de otros. El mesonero, en este cuadro, representa al creyente. El samaritano le da recursos—dos denarios, aproximadamente el salario de dos días—y le da tres declaraciones claras que resumen el llamado del creyente en la era presente. Estas son palabras para vivir.
En primer lugar, el mesonero debía cuidar del hombre.
La responsabilidad del mesonero es cuidar del hombre que el samaritano ha salvado. De igual manera, los creyentes están llamados a cuidar de otros, especialmente de los de la familia de la fe (Gálatas 6:10).
En la era de la Iglesia, se nos han dado dones espirituales para servir y edificar el cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:7). Cada servicio que prestamos a los demás es una extensión de la propia compasión del Salvador por medio de nosotros.
En segundo lugar, el Señor prometió que Él volvería.
El Señor nos asegura que Él regresará. Aunque ha partido, su ausencia no es permanente. Se exhorta a los creyentes a vivir preparados y en expectación ferviente de su venida. De hecho, es lo último que el Señor nos dice en Apocalipsis 22:20. El creyente sabio vive a la luz de su retorno inminente. Esta esperanza moldea nuestras prioridades, purifica nuestros corazones y fortalece nuestra perseverancia. En tercer lugar, el Señor recompensará al mesonero.
Aquí encontramos la doctrina de las recompensas. El Señor promete recompensar todo sacrificio hecho por causa de su nombre. Servir a Cristo es costoso: requiere tiempo, esfuerzo y amor que a menudo pasan desapercibidos. Sin embargo, nada de eso es olvidado. Cuando el Señor regrese, retribuirá plenamente. Todo acto de cuidado que nadie vio, toda labor de amor, aunque fatigosa, recibirá una recompensa de parte de Él.
Las palabras del samaritano al mesonero son las palabras del Señor para nosotros. Son palabras para vivir. Debemos servir a otros, cuidando de ellos. Debemos vivir expectantes, sabiendo que el Señor volverá otra vez. Debemos perseverar, sabiendo que el Señor recompensará la obra que hacemos para Él.
i Ken también tiene un video en YouTube en el que habla de esto
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Ken Yates (Maestría en Teología, Doctorado, Seminario Teológico de Dallas) es editor de Journal of the Grace Evangelical Society. Es orador internacional y de la costa este estadounidense de GES. Su libro más reciente es Hebrews: Partners With Christ [Hebreos: Copartícipes de Cristo].





