En Lucas 9:57–62, a tres personas se les da la oportunidad de seguir a Cristo. Son creyentes y ahora pueden caminar tras sus pasos como discípulos. Aunque cada uno tiene vida eterna, ninguno de los tres entiende lo que costará ser un estudiante del Señor y ser grande en su reino.
El primero y el tercer hombre se acercan al Señor y le dicen que quieren seguirlo en el discipulado. El segundo, en cambio, es distinto. Cristo se le acerca. El Señor lo señala y le ofrece el privilegio de estar cerca de Él. Cuando le dice: “Sígueme” (v. 59), esto nos recuerda que el Señor le dijo esas mismas palabras a Leví cuando llamó al recaudador de impuestos para estar en su círculo íntimo (Lucas 5:27). ¡Este hombre era verdaderamente privilegiado!
El hombre no entiende cuán privilegiado es. Le dice al Señor que lo seguirá, pero que primero debe sepultar a su padre. Su padre todavía está vivo, y el hombre quiere esperar hasta que su padre muera para cumplir los deberes de un hijo fiel que aquella cultura esperaba.
El problema era que se trataba de un período único. El Señor se dirigía a Jerusalén para morir. Estaba ofreciendo el reino a la nación de Israel. El tiempo apremiaba. Esa fue la razón principal por la que le dijo al hombre: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”. El hombre dijo que aceptaría la oferta del Señor, pero en su propio momento. Podría pasar uno o dos años antes de que pudiera seguir al Señor. No sabía que, para entonces, el Señor ya habría muerto, resucitado y ascendido, y estaría sentado a la diestra del Padre.
Hoy nadie ha recibido un llamamiento como aquel. El Señor no se ha acercado personalmente a ninguno de nosotros para decirnos que lo sigamos en el camino a Jerusalén. No le ha dicho a ninguno de nosotros que ignore nuestras responsabilidades familiares.
Predicadores y otros que sirven en el ministerio a veces citan un versículo como este cuando hablan de su “llamamiento”. Como el hombre de Lucas 9:59, afirman tener un llamamiento especial a seguir al Señor que otros creyentes no tienen. Por supuesto, a diferencia de aquel hombre, ellos sí obedecen ese llamamiento.
Todo eso es pura palabrería.
El hecho es que el Señor llama a todo creyente. El autor de Hebreos les dice a sus lectores que son “hermanos santos” y que son “participantes del llamamiento celestial” (Hebreos 3:1). Ese llamamiento es reinar con Cristo en su reino. Responden a ese llamamiento permaneciendo fieles a Él en medio de las dificultades que enfrentan.
Pedro dice lo mismo. Les dice a sus lectores que deben procurar hacer firme su “vocación y elección”. Les dice que crezcan espiritualmente para tener una entrada abundante en el reino de Cristo (2 Pedro 1:5–11). El Señor ha llamado a todo creyente a ser grande en su reino y a ser ampliamente recompensado por Él.
El Señor no le ha dicho personalmente a ninguno de nosotros que abandone a un padre. Su ministerio terrenal en Israel fue único en muchos sentidos. Pero Él nos ha llamado. Nos llama a serle fieles en nuestras circunstancias actuales. Nos llama a ser grandes en su reino.
En ese sentido, somos como el hombre de Lucas 9:59. El Señor, por medio de su Palabra, dice: “¡Sígueme!”
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Ken Yates (Maestría en Teología, Doctorado, Seminario Teológico de Dallas) es editor de Journal of the Grace Evangelical Society. Es orador internacional y de la costa este estadounidense de GES. Su libro más reciente es Hebrews: Partners With Christ [Hebreos: Copartícipes de Cristo].





