En Romanos 6:16, Pablo les dice a los creyentes de Roma (y a los creyentes de hoy) que son esclavos de aquello a lo que obedecen. Aunque el creyente ha sido liberado del poder del pecado por el Espíritu Santo, puede convertirse en esclavo del pecado si anda conforme a la carne en lugar de andar conforme al Espíritu. Por medio del Espíritu, podemos convertirnos en esclavos de la justicia. Pablo, por supuesto, no está hablando de lo que debemos hacer para obtener la vida eterna. Está hablando de la vida cristiana.
Hace poco vi en el Antiguo Testamento un extraordinario ejemplo de esta enseñanza. Sansón era un hombre con un poder sobrenatural. Jueces 16:1-3 relata que, cuando los filisteos de la ciudad de Gaza intentaron apresarlo, tomó las puertas de la ciudad y se las llevó sobre los hombros (v. 3). Probablemente pesaban alrededor de dos toneladas. La expresión es un poco difícil de traducir, pero es posible que las llevara unas treinta y ocho millas (unos 61 kilómetros).
Sansón tenía un gran poder a su disposición. Pero estaba andando conforme a la carne. La razón por la que había estado en Gaza era que “vio allí a una mujer ramera, y se llegó a ella”. Más adelante, se enamoró de otra mujer filistea llamada Dalila. Al igual que la primera mujer, es posible que ella también fuera prostituta.
Es una historia muy conocida. La lujuria fue la perdición de Sansón. Dalila lo engañó. A causa de aquella traición, los filisteos le echaron mano y lo llevaron a Gaza como esclavo (Jueces 16:21). El verbo hebreo traducido como le echaron mano es el mismo que se usa en Jueces 16:3 cuando Sansón tomó las puertas de la ciudad. Había sido poderoso en Gaza. Ahora era esclavo allí. Las palabras Gaza y este mismo verbo conectan los dos pasajes. El hombre fuerte de los vv. 1-3 es la figura digna de lástima del v. 21.
Pero la situación empeoró aún más. Los filisteos lo dejaron ciego sacándole los ojos. Puesto que había sido esclavo de sus deseos sexuales, Dios lo disciplinó haciendo que se convirtiera en un esclavo del que se burlaban sus enemigos.
Sansón estaba espiritualmente ciego ante las consecuencias de sus deseos carnales. Ahora estaba físicamente ciego. Metafóricamente, había sido esclavo de sus deseos carnales. Ahora era un esclavo literal en Gaza. Estoy seguro de que nunca imaginó que aquello pudiera ocurrirle.
Qué cuadro tan increíblemente triste. El hombre físicamente más fuerte del Antiguo Testamento queda reducido a un esclavo ciego. Pero Pablo dice en Romanos 6 que un creyente puede ser igual que Sansón. Cuando andamos en desobediencia, estamos ciegos ante lo que está sucediendo. Podemos pensar que somos libres para hacer lo que queramos, pero, en realidad, somos esclavos. Sansón nos ofrece un claro ejemplo de ello.
Sansón es una figura triste porque recibió un poder tan grande y, sin embargo, terminó cayendo tan bajo. Uno pensaría que alguien tan poderoso no podría llegar a ser esclavizado. Por medio del Espíritu Santo que mora en nosotros, el creyente también ha recibido un gran poder. Espiritualmente hablando, todo creyente es un Sansón. Pero si andamos en desobediencia, también seremos esclavos ciegos y dignos de lástima.
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Ken Yates (Maestría en Teología, Doctorado, Seminario Teológico de Dallas) es editor de Journal of the Grace Evangelical Society. Es orador internacional y de la costa este estadounidense de GES. Su libro más reciente es Hebrews: Partners With Christ [Hebreos: Copartícipes de Cristo].







