Aarón, el primer sumo sacerdote de la nación de Israel, acababa de ofrecer algunos sacrificios al Señor. Él y Moisés entraron en el tabernáculo. Cuando salieron del tabernáculo y bendijeron al pueblo, vieron algo asombroso. Fuego descendió del cielo y consumió la ofrenda sobre el altar. Como es de esperar, cuando el pueblo lo vio, quedó impresionado. Cayeron rostro en tierra con gritos de gloria al Señor (Levítico 9:22–24).
Nadab y Abiú eran los hijos mayores de Aarón y también servían como sacerdotes en el tabernáculo. A mi juicio, es muy probable que fueran creyentes. No creo que Dios hubiera escogido a incrédulos para ser los sucesores naturales del sumo sacerdocio de su pueblo. Sin embargo, estos dos sacerdotes hicieron algo muy imprudente.
Moisés escribe que cada uno tomó su incensario y puso fuego en él. Ofrecieron al Señor un sacrificio de incienso con ese fuego, pero el Señor no les había mandado hacerlo.
¿Por qué desobedecieron estos dos hombres al Señor? Moisés no lo dice, pero creo saber la razón. Habían visto cómo reaccionó el pueblo ante el fuego que vino del Señor. El Señor los había escogido a ellos y a su padre para servir como sacerdotes en el tabernáculo. A sus ojos, Dios los tenía en alta estima. El pueblo los admiraba.
Querían impresionar al pueblo. Eran figuras importantes. Sus cargos se les subieron a la cabeza. Querían reproducir el aplauso de la multitud. Puesto que pensaban que Dios los tenía en alta estima, pensaron que sería una buena idea producir su propio espectáculo de fuego.
No fue una buena decisión. El fuego milagroso volvió a manifestarse. Sí, vino del Señor. Pero los consumió. Murieron en el acto (Levítico 10:1–2).
Su historia me recuerda a Simón en Hechos 8:9–24. Era un creyente recién convertido. Vio el poder milagroso de Dios obrando por medio de Pedro y Juan. Los demás creyentes de su ciudad quedaron impresionados, y él también. Ofreció dinero a Pedro para que le concediera la capacidad de ejercer ese poder. Simón quería impresionar a la gente.
Muchos concluyen que Nadab, Abiú y Simón eran incrédulos. Siempre me ha parecido extraño. No debería sorprendernos que los creyentes quieran sentirse importantes. Por nuestra carne, podemos desear que otros creyentes piensen que somos especiales. ¿Cuántos de nosotros aprovecharíamos la oportunidad de ser vistos por los hombres como la persona más importante de la iglesia?
Es muy fácil mirar a estos tres hombres y decir que eran incrédulos. Podríamos convencernos de que jamás haríamos algo tan descarado y presuntuoso como lo que ellos hicieron. Dios los castigó con justicia. Nadab y Abiú perdieron la vida. Pedro le dijo a Simón que corría el peligro de correr la misma suerte.
El orgullo es algo terrible. Somos necios si pensamos que somos inmunes a él. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Le pertenece a Él. Cada uno de nosotros es solo un siervo en ella (1 Corintios 3:5–7). Sea cual sea nuestro papel y nuestro don, estemos contentos. Que nunca seamos culpables de intentar impresionar a otros. Más bien, animemos a los demás a quedar impresionados con el Señor. Él fue quien hizo descender fuego del cielo en los días de Nadab y Abiú y quien obró maravillas por medio de Pedro y Juan.
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Ken Yates (Maestría en Teología, Doctorado, Seminario Teológico de Dallas) es editor de Journal of the Grace Evangelical Society. Es orador internacional y de la costa este estadounidense de GES. Su libro más reciente es Hebrews: Partners With Christ [Hebreos: Copartícipes de Cristo].


